Los
seres humanos hemos sido diseñados para producir bienes y servicios por
un valor muy superior al de los bienes y servicios que vamos a consumir.
Podríamos decir que somos capaces de producir un 50% más que lo que
consumimos.
Aceptando como cierta esta diferencia indiscutible entre la especie
humana y el reino animal, e independientemente de que convengamos o no
en que su causa sea metafísica, analicemos qué sucede en la realidad.
Sólo el 10% de las personas logra su objetivo.
Son los que nosotros llamamos emprendedores. Porque delimitan un
terreno, inventan una máquina o la compran y así pueden generar
excedentes en la proporción antedicha.
Pero la potencia de su humano objetivo logra además arrastrar consigo
otro objetivo tanto o más importante que el humano: Cuando utilizan un
bien de uso, hacen que ese capital también produzca un 50% más que lo
que consume. Y así se pone en marcha la rueda, la más exquisita virtud
del ser humano: el progreso.
El resto de las personas, esas a las que llamamos asalariados no logra
su objetivo, porque no cuentan con capital, y deben utilizar el capital
de su patrón. Y como su patrón no les paga por lo que hacen sino por lo
que necesitan, terminan produciendo escasamente por encima de lo que
consumen. En ese aspecto terminan pareciéndose más a un animal que a un
humano.
Si el patrón les pagara por lo que hacen, seguramente haría que su
personal lograra su objetivo trascendente, lo cual "arrastraría" a que
su capital también lograra rentabilidades cuatro veces mayores que
ahora.
Para ello tendría que calcular el porcentaje que su emprendimiento está
logrando. Debería comparar las ganancias del emprendimiento con la suma
de los costos del capital inmovilizado y los de su personal, que no es
más que lo que consumen ambos protagonistas.
Y luego, aplicar ese porcentaje como un plus sobre las remuneraciones.
Sin embargo se conforma con rendimientos menores porque con eso tiene
resuelto su problema. Sucede que su objetivo no es social.
Pero el Estado debería intentar que las relaciones laborales viabilicen
ese objetivo trascendente de los asalariados, porque no sólo que
acabaría con la pobreza sino que el progreso de la sociedad en su
conjunto, sería constantemente creciente.
Sin embargo, curiosamente el Estado hace exactamente lo contrario. Grava
las ganancias de los emprendimientos pero en lugar de redireccionar ese
dinero hacia el personal de esa empresa, lo utiliza para asistencialismo
sobre los pobres que su propio error está generando.
Se aferra a doctrinas antinaturales que encorsetan la mayor energía que
existe sobre el planeta: la actitud de los asalariados.
Por eso el perjuicio se potencia infinitamente.
Si el impuesto al beneficio empresario fuera redireccionado hacia el personal
propio y de terceros de todos los emprendimientos, los asalariados
podrían lograr su objetivo (físico, psíquico y espiritual) de producir
un 50% más que lo que consuman.
Y todos los capitales invertidos en producción serían altamente
rentables, acabando así con el desempleo y la pobreza.
Adviértase que el impuesto al beneficio empresario castiga principalmente a los
emprendimientos con mayor carga de personal. Y ésa es la principal razón
por la que existe el desempleo
En resumen, hemos sido diseñados para producir mucho más que lo que
consumimos. Pero además esa potencia interior innata que todos tenemos y
que reside en la psiquis (que es exclusiva de los humanos), es capaz de
hacer que el capital utilizado con tal objetivo, aunque no sea propio,
produzca también mucho más que lo que consume en idéntica proporción, es
decir que logre rentabilidad excepcional.
A las virtudes de esas nuevas relaciones laborales las hemos dado en
llamar "teoría del arrastre".
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